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lunes, 24 de agosto de 2009

Un chiste de mal gusto (hecho por los verdes)

Cuenta mi viejo sobre el servicio militar obligatorio (Junio 1981):

"Nos presentamos por la convocatoria en el Regimiento de La Plata. Nos dijeron que íbamos a quedar en el Regimiento 7 de esa ciudad. Volvimos y avisamos a nuestras familias. Al día siguiente teníamos que presentarnos para quedarnos. Nos hicieron formar fila y agarraron los documentos al azar, llamaron a mas de la mitad de los presentes y nos subieron a un tren. Terminamos en Campo de Mayo. Estuvimos horas incomunicados hasta que un oficial, riéndose nos dijo 'ustedes, se van al sur'. Nos hizo levantar y nos llevaron a la estación otra vez. Empezamos a escribir cartas antes de subir al tren y se las dábamos a los transeúntes, pidiendo que por favor las mandaran a nuestras familias, las dejaran en el buzón. Estaban escritas con desesperación porque no sabíamos nada. Mandé diez y solo una llego. Decía "Creo que me voy al sur". En Palomar nos subieron a un Hércules, sin asiento. Había mucho silencio que se quebraba por el llanto de algún compañero. Terminamos en Río Gallegos".

Ya es demasiado abuso obligar a alguien a hacer el servicio militar. Y generar esa situación que puede terminar en un chiste pésimo. Me refiero a que una familia decide un día ir a visitar a su hijo en el Regimiento 7 de La Plata y le dicen que nunca entró como recluta, lo mínimo que piensa esa gente es que su hijo esta desaparecido. Y no eran buenas épocas para hacer esos chistes.
Mas irónico aun, es que los que quedaron en el Regimiento 7 de la Plata fueron los primeros en ir a la guerra de Malvinas en Abril del 82. Los que fueron al sur y estaban acostumbrados al clima y mas próximos a la zona de conflicto sufrieron la incertidumbre, pero escaparon. Cuantos jóvenes habrán salvado su vida y cuantos la habrán perdido, por el caprichoso azar de un oficialoide que sin saberlo cumplió los designios de whisky.

viernes, 27 de marzo de 2009

Mar del Plata ¿la ubica?

EL VERANEANTE TIPO (TIPO NEURÓTICO)
Como es público y notorio, Mar del Plata se puebla durante el verano con mucha gente y, por lo tanto, con una gran variedad de tipologías de veraneantes. Pero hay una clase de turista —quizá el mas común- indudablemente muy sacrificado y que merecería un premio a la constancia y un pago mucho mayor por vacaciones, ya que es absolutamente incapaz de tomárselas -las vacaciones-. Es aquel que se implanta este régimen:

1) Establece un estricto horario de actividades: levantarse a las 10, ir a la playa a las 11, volver a las 13, y así hasta la noche, reiterándolo día tras día sin ninguna posibilidad de improvisar o cambiar nada.

2) Si maneja, viaja -a la ida y a la vuelta- muy rápido, tratando de llegar lo antes posible. ¿Por que? Para que no se haga de noche, o de día, o porque la ruta es muy aburrida, o para batir un record, o porque si. En realidad: porque se pasa la vida corriendo y no puede dejar de hacerlo.

3) Para en un departamento o en un hotel en pleno centro, zona en la que -desde ya- no puede estacionar jamas. La única razón mas o menos aceptable para parar en el centro -ese infierno tan temido- es precisamente no tener auto.

4) Va a una playa del centro. Aquí ya no hay justificación. Si no tiene auto y no puede pagar taxis todos los días y no le gusta viajar en colectivo para ir a una playa donde pueda tener dos metros cuadrados propios, ¿para que viene a Mar del Plata?¿Por que gasta plata para sufrir? ¿Por que no toma sol en la plaza del barrio?

5) Todas las noches pasea por la calle San Martín, aceptando las inevitables leyes del juego de dar y recibir 14 codazos y 23 pisotones por minuto. Nostalgioso este veraneante tipo. No puede desprenderse de la calle Florida y del horario de bancos.

6) Con la excusa de que la vida esta cara y de que no hay plata que alcance, hace media cuadra de cola para almorzar y cenar en Raviolandi o Montecatini (Repito: ¡media cuadra!, lo que de ninguna manera puede implicar menos de 30 minutos de espera!). Dejando de lado que no hay necesidad de ser un experto de Mar del Plata para hallar varios lugares mas lindos, menos colectivos tanto o mas económicos que los mencionados, no puedo creer que no sea preferible comer un sandwich antes que aguantarse ese diario plantón infernal para comer platos mediocres y ser atendidos a los piques (ante tantos comensales, no hay otra posibilidad).

Pero finalmente uno vuelve a su ciudad y su vida habitual. Durante los primeros días esta mitad acá y mita allá, con la espuma de las olas todavía "en imagen" como si el cerebro le pasara un vídeo-tape de las vivencias de las vacaciones y -especialmente— con el ritmo, la pachorra y el no trabajo de allá.

Y uno se da cuenta de que el agua de Buenos Aires -que tomo toda su vida- tiene un gusto raro, que el aire de acá es pesado y no se puede respirar bien. Pero poco a poco -a la par del bronceado que se va- la aclimatación viene. Y empiezan los horarios y las obligaciones. Y uno se mira en el espejo y piensa como le gustaría ahora estar en esa playita a la que tanto insulto por la arena finita que viento le metía en los ojos.

Jorge Garayoa - Fragmento - Humor N 53, Marzo 1981

(¿cuantos se identificaron o encontraron en esta estampa algún familiar o conocido, verdaderamente insoportable? Se fue el verano, pero el que se va sin que lo hechen...)