lunes, 30 de marzo de 2009

Vindicación del pródigo

El genio y el talento son objetos de la mayor envidia. Tal vez porque son cosas que no se alcanzan con una gran cuenta de banco o haciendo buenos negocios. Es así que nuestros ídolos padecen una persecución insufrible, producto de gente sin merito que busca llegar al nivel del genio, no mejorando ellos, si no haciendo empeorar al otro. En el apogeo los héroes se precipitan repentinamente de la cumbre hacia suelo por el peso de su grandeza y sobre todo por el empuje hacia abajo de los mediocres que buscan infructuosamente pisotearlos.

Hay quienes se embarcan en la lucha para remontar vuelo nuevamente. Esa lucha en general pocos la ganan, algunos terminan empatándola y para desgracia, otros nunca la superan. Ocurre, en caso de victoria, que esos intelectos minúsculos, envidiosos, no pueden aceptar jamás el nuevo triunfo del genio y desestiman el logro. Abogan si es necesario que ellos jamás tuvieron que llegar a situaciones extremas y alegan una conducta intachable que nadie puede rebatir no porque sea cierta, si no porque a nadie le importa. Y ahí andan los escépticos bañados en suspicacia desconfiando de aquello que no pueden lograr. En verdad no es suspicacia si no vulgaridad en estado puro. Son esos momentos cuando sueltan frases que repercuten en la úlcera de cualquiera.
"¿Vos lo crees en serio? Es mentira, lo oculta"
"Que va a salir, si no lo tiene se muere"
"Si, lo dejo, pero no se acuerda en donde jajaja"

Y ríen a carcajadas, por no creer, por sentirse nuevamente superiores. Así andan los espíritus anodinos jactándose de sus desatinados silogismos y de su propia mezquindad.

Hoy tengo malas noticias para las almas insignificantes. Hoy quedo demostrado que se puede regresar del infierno, y seguir como siempre. Para los que creemos en el alma (algún tipo de alma, no importa cual ni de que naturaleza) es motivo de festejo. Fue necesario mucho trabajo, mucho amor, mucha responsabilidad y mucho ego. Fue una victoria que se tradujo en una hermosa comunión de almas sensibles. Y una comunión que no es más que el principio de la gran reconquista, la gran marcha de la victoria de un amigo pródigo. Hoy hemos visto volver desde las tinieblas al hombre, ante la mirada incrédula y altanera de los mediocres. Hoy nuevamente ha ganado una batalla que otros desestiman porque saben que ellos la perderían. Creo que es momento de festejar. Festejar este triunfo como si fuera un acto de justicia ignorando los comentarios de los petulantes de turno y recordar aquella frase del héroe implícito de nuestra historia, aquella que desde una canción rezaba "La mediocridad para algunos es normal, la locura es poder ver mas allá"

Y otra vez, no se equivocaba.

viernes, 27 de marzo de 2009

Mar del Plata ¿la ubica?

EL VERANEANTE TIPO (TIPO NEURÓTICO)
Como es público y notorio, Mar del Plata se puebla durante el verano con mucha gente y, por lo tanto, con una gran variedad de tipologías de veraneantes. Pero hay una clase de turista —quizá el mas común- indudablemente muy sacrificado y que merecería un premio a la constancia y un pago mucho mayor por vacaciones, ya que es absolutamente incapaz de tomárselas -las vacaciones-. Es aquel que se implanta este régimen:

1) Establece un estricto horario de actividades: levantarse a las 10, ir a la playa a las 11, volver a las 13, y así hasta la noche, reiterándolo día tras día sin ninguna posibilidad de improvisar o cambiar nada.

2) Si maneja, viaja -a la ida y a la vuelta- muy rápido, tratando de llegar lo antes posible. ¿Por que? Para que no se haga de noche, o de día, o porque la ruta es muy aburrida, o para batir un record, o porque si. En realidad: porque se pasa la vida corriendo y no puede dejar de hacerlo.

3) Para en un departamento o en un hotel en pleno centro, zona en la que -desde ya- no puede estacionar jamas. La única razón mas o menos aceptable para parar en el centro -ese infierno tan temido- es precisamente no tener auto.

4) Va a una playa del centro. Aquí ya no hay justificación. Si no tiene auto y no puede pagar taxis todos los días y no le gusta viajar en colectivo para ir a una playa donde pueda tener dos metros cuadrados propios, ¿para que viene a Mar del Plata?¿Por que gasta plata para sufrir? ¿Por que no toma sol en la plaza del barrio?

5) Todas las noches pasea por la calle San Martín, aceptando las inevitables leyes del juego de dar y recibir 14 codazos y 23 pisotones por minuto. Nostalgioso este veraneante tipo. No puede desprenderse de la calle Florida y del horario de bancos.

6) Con la excusa de que la vida esta cara y de que no hay plata que alcance, hace media cuadra de cola para almorzar y cenar en Raviolandi o Montecatini (Repito: ¡media cuadra!, lo que de ninguna manera puede implicar menos de 30 minutos de espera!). Dejando de lado que no hay necesidad de ser un experto de Mar del Plata para hallar varios lugares mas lindos, menos colectivos tanto o mas económicos que los mencionados, no puedo creer que no sea preferible comer un sandwich antes que aguantarse ese diario plantón infernal para comer platos mediocres y ser atendidos a los piques (ante tantos comensales, no hay otra posibilidad).

Pero finalmente uno vuelve a su ciudad y su vida habitual. Durante los primeros días esta mitad acá y mita allá, con la espuma de las olas todavía "en imagen" como si el cerebro le pasara un vídeo-tape de las vivencias de las vacaciones y -especialmente— con el ritmo, la pachorra y el no trabajo de allá.

Y uno se da cuenta de que el agua de Buenos Aires -que tomo toda su vida- tiene un gusto raro, que el aire de acá es pesado y no se puede respirar bien. Pero poco a poco -a la par del bronceado que se va- la aclimatación viene. Y empiezan los horarios y las obligaciones. Y uno se mira en el espejo y piensa como le gustaría ahora estar en esa playita a la que tanto insulto por la arena finita que viento le metía en los ojos.

Jorge Garayoa - Fragmento - Humor N 53, Marzo 1981

(¿cuantos se identificaron o encontraron en esta estampa algún familiar o conocido, verdaderamente insoportable? Se fue el verano, pero el que se va sin que lo hechen...)

martes, 24 de marzo de 2009

Algo esta cargado en la memoria

No hace falta decir que se recuerda hoy. Son tiempos lejanos, pero que no necesariamente me son ajenos. A veces, siento que viví esa época. Por que sentir los efectos de algo es sentir ese algo. Y aunque felizmente nací tres años después de terminado el golpe, apenas unos meses después del juicio a las juntas y tres años antes que otro genocida democrático lo convertiría en el "chiste a las juntas", se que también soy fruto de esos años del terror. Del legado del miedo y la represión. De la generación ausente que hoy es también mi generación y que mañana también van a ser mis hijos. No soy muy inteligente, pero todavía no puedo entender como se llegó a tanto, como todavía se justifica y como todavía no se nota que hay una diferencia en la balanza de los diablos. No entiendo como se pretende justicia actual, cuando hay cuentas pendientes con el pasado. El maniqueísmo en la historia le hace muy mal al presente. Y el pasado tampoco puede ser excusa, ni debe ser excusa para escapar al presente.

Soy hijo de ellos. Soy hijo del presente que esa historia negra dejo. La memoria es un humilde homenaje. Yo también quiero renunciar a toda pretensión de originalidad y usar la frase que pertenece a todo el pueblo argentino y que no debiera olvidarse jamas:

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(Gracias a mi amiga Florencia por la imagen)

sábado, 14 de marzo de 2009

Mitos en la actualidad argentina III: Rivadavia y sus secuaces

De la explanada hasta la entrada a la línea A de subte hay cerca de cien metros que los hice corriendo solo para escaparme de esa casa del desengaño. Baje en la Estación Plaza de Mayo y en cuestión de segundos ya estaba sentado en los antiguos vagones.

La línea es, a mi gusto, la mas linda de todas. Pueden argumentar que se mueve hacia todos lados, que los asientos son duros e incómodos, que la luz se corta y que mas de uno se ha pasado de estación por no saber que las puertas se abren manualmente. No me importa. Esa linea transporta automáticamente hacia un pasado borroso, que permite mucho a la imaginación y la historia. Si alguna vez sube en ese tren Alfredo Palacios, les garantizo que no me asombro de nada. Me acomode en el fondo de unos vagones aunque sabia que el viaje iba a ser corto y así fue, en cuestión de minutos estaba descendiendo de la formación en Plaza Miserere.

Salí hacia Pueyrredon observando el tétrico pero llamativo Mausoleo de Rivadavia. Ahí descansa el ministro-presidente argentino que pidió como ultima voluntad descansar en Inglaterra tal vez como parte de pago de las deudas que el mismo había generado. Nunca me gusto esa construcción. No solo porque ese prócer (¿prócer?) me parecía lo peor de la historia local, si no por el ambiente que se genera alrededor de su tumba. Es una de las plazas mas sucias de Capital –lo cual es mucho decir-, la construcción es fea, muy vistosa pero fea. No es raro que diariamente, decenas de gente de bajos recursos utilicen el Mausoleo como refugio y por las noches encuentren en el un pequeño lugar para dormir. Es una constante en todos los lugares de la Argentina encontrar mendigos, pero me parece que encontrarlos en esa plaza, a los pies del monumento del hombre que soñó ese país, es una ironía bastante argentina.
Esta vez era distinto. Caminaba mirando la Plaza, el Mausoleo y algo era distinto. Me di cuenta que no había gente viviendo alrededor de la construcción como otras veces y que la higiene del lugar era algo mas respetable. Hubiese festejado, pero recordé que también los cirujas y cartoneros que durante las noches se juntaban a los costados de la Estación Constitución también habían desaparecido. Soy ingenuo, pero no creo que esa gente se haya ido por "propia voluntad" o porque pudieron acceder a un lugar mas salubre. ¿Donde estaban entonces? No tengo dudas que fueron sacados por la fuerza, probablemente hacia el Conurbano, porque tengo la seguridad que la Ciudad no les ha brindado mejores posibilidades ni trabajo. Porque la ley no es volver a la ciudad mejor, si no mas estética y para eso hay que tapar o correr lo que molesta, lo feo. Eso es parte del progreso actual. Claro que la gente que habla del progreso y lo quiere llevar adelante pone el grito en el cielo cuando los llaman progresistas y a la hora de actuar, prefieren vestirse de liberales solo para tapar la piel conservadora.

Sin duda, Rivadavia descansa in pace en el lugar que él menos hubiese deseado. Pero Don Bernardino tendrá, al menos por un tiempo, el consuelo de saber que sus "ideales" siguen vigentes en manos de la persona menos capacitada tal vez, pero que ya sigue sus pasos. Como decia un genial actor ¿seremos un pais tartamudo?

miércoles, 25 de febrero de 2009

Los Mitos en la actualidad argentina II: La Casa Rosada-Parte 2

Salimos y fuimos al despacho. Había tres personas mas, algunas de las cuales me conocían y me saludaron afectuosamente, no sin asombrarse mucho de mi presencia y preguntarme como pase. ¿Por qué parecía tan difícil entrar? Probablemente porque lo era. Recorriendo el lugar lo comprobé. Salimos a caminar por el tercer piso, el segundo era difícil, el primero inaccesible. Lo primero fue chusmear por las cerraduras el Salón Blanco, vacío se veía mucho mas lindo. Pero era incomodo para observar. Adema un militar que vea que espiamos podría hacer un fusilamiento sumario. Cruzamos puertas, entradas y salimos a pequeños patios interiores. Seguimos caminado y el lugar se convirtió en un laberinto. De haber estado solo no dudo que todavía buscaría la salida. Lo curioso es que al doblar una esquina me encontré una escalerita que visiblemente se dirigía al techo. La idea bizarra de estar en el techo de la casa de gobierno me enamoró. Amagué a subirme, pero la mano de mi amigo me frenó. “Ni se te ocurra. Ahí están los militares”. Lo mire y mire de nuevo la escalera. “¿Hay francotiradores?” pregunté entendiendo la precaución. “Seguro”. Bajamos al segundo piso, no sin cierta preocupación en mi interior ¿de que se defendían?.

La Casa Rosada es la inversa de la escala social: Cuando mas abajo se está, mas lujos. El segundo piso contenía gran cantidad de obras de arte, muchas comodidades y mucha vigilancia (militar claro). Llegamos a una de las escaleras donde había un mural de San Martin. El lugar estaba oscuro pero desde las sombras se veía la majestuosidad del general en su caballo. Pasamos por las distintas salas, esculturas, espejos, un enorme jarrón francés de 1905. La higiene del lugar era excesiva y la soledad mucha. Apenas un cristiano cada dos o tres habitaciones y por supuesto un militar de traje en cada una, motivo por el cual debía andar en puntas de pie. Llegamos a una gran escalera que hacia su costado tenia una puerta de gran dimensión. Estaba entreabierta. No parecía tener llave. En cambio un teclado con números y un circulo rojo era la combinación de seguridad: la puerta se abría por reconocimiento digital y una clave de cuatro dígitos. Aunque todas las dependencias se abrían así, me di cuenta que esa no era una sala común. Imagine estar delante del tesoro de la nación o en el lugar donde guardaban las manos de Perón. Mi amigo entró y habló un poco con dos personas en el interior. Se escucho una voz “Decile al pibe que pase”. Un joven bajo, morocho (literalmente, de la tonalidad de Obama) de traje y con un porte que revelaba su pertenencia a la fuerza militar salió, me dio la mano y me hizo pasar. Adentro, también de traje sentado en un sillón envidiable y con cierto aspecto antiguo estaba sentado un policía que gentilmente me dio la mano. Mi amigo me hizo pasar a un pasillo que terminaba en una gran puerta. A los costados había otros despachos, con puertas de gran tamaño también. “Esa puerta donde termina el pasillo-me dijo- es la oficina de la presidenta. No entiendo como te dejaron llegar hasta acá”. Me reí mucho. “Por mi cara de bueno… de bueno o de buenudo, no es la primera puerta que me abre”. Reconozco que también ayudo que la presidenta estaba en fuera de la ciudad. El resto de los despachos eran del Jefe de Gabinete y algún que otro secretario-medio pinche. A la izquierda estaba el ascensor presidencial. Era en su totalidad de madera, parecía recién lustrado. Era también de estilo antiguo, pero impecable. Tendría capacidad para ocho personas, y un banco de madera forrado de terciopelo. Daban ganas de tirarse una siesta ahí. Pero el tiempo era poco y lo mejor era salir de esa habitación.

Bajamos por la escalera hacia el salón de los bustos otra vez. “Ya esta -me repitió mi amigo- ya te estas por ir, si te echan no hay problema, mirá tranquilo”. Se me iluminaron los ojos. No entendí bien el orden en que estaban colocados. El primero fue Pellegrini, Juarez Celman, Jose Evaristo Uriburu, Roca… ese de al lado con patillas… ¿era Urquiza? Si, era Urquiza, al lado le hacia compañía ¡Derqui! Empecé a entender la concepción de federalismo del país. Después estaban los obvios, Figueroa Alcorta, Victorino de la Plaza, los dos Saenz Peña. En el centro de la sala estaba la estatua del Pocho, mucho más blanca que las demás era nueva o recién bañada. No se si por ahí andaba Irigoyen pero de lejos vi la estatua que decia ser de Alfonsin. Caminando un poco mas se asomaba Alvear y al lado una imagen que me paralizó: Jose Felix Uriburu. Lo mire fijo, y me aleje lento de espaldas como mirando una fiera. Me choque con el busto de Ortiz, enfrente estaba Castillo y a sus espaldas, lo reconocí de perfil, Farrell. Nuevamente me paralicé. Enfrente, en complicidad, Ramirez. Salí corriendo de ese pasillo porque si veía el busto de Ongania iba a vomitar todo el arroz que la tia Cristina nos habia preparado. Me acerque a la puerta, salude a mi amigo, le agradecí la visita y salí corriendo a la explanada, pensando que la próxima vez que volveria a ese lugar, lo mejor seria a punta de fusil. Me metí en el subte con aquel viejo canto setentista –pero no tan desactualizado si le cambiamos el general por algo mas apropiado-. No podia sacarme de la cabeza aquel famoso:

“¿Que pasa, que pasa general
que esta lleno de gorilas
el gobierno popular?”

jueves, 19 de febrero de 2009

Los Mitos en la actualidad argentina II: La Casa Rosada-Parte 1

Salí para Avenida de Mayo y encaré hacia Catedral. Ya era la hora del almuerzo y traté de comunicarme con dos amigos que trabajaban en la zona. Uno en un banco, otro en la casa de gobierno. Solo este último contestó. Me invitó a comer y me dijo que fuera a la explanada situada en Rivadavia. Me acerque esperando que salga. Sin embargo, lo vi hablar de manera poco informal con unos vigilantes uniformados. Me hizo señas y se acercó. “Vení pasa”-me dijo. Uno de los policías me abrió la puerta: “adentro te van a parar, yo no tengo nada que ver”. “No te preocupes” le respondió al vigilante y me hizo pasar. Por lo bajo me dijo “este se hace el duro ahora, pero me debe favores”. Caminamos rápido hacia la puerta secundaria, aunque yo estaba embobado con la principal y los granaderos, siempre pintorescos. El breve trayecto desde el portón a la puerta pude observar en puntos estratégicos policías bien ubicados y varias personas vestidas con traje y aspecto duro. Eran militares y eran una plaga en ese lugar. “Cagaste… se sentó el policía” dijo señalando a un nuevo uniformado. Se adelantó y hablo brevemente con él. El policía rezongo un poco y me hizo señas. La mochila paso por los Rayos X y yo por el detector de metales. Todo estaba limpio. Por segunda vez estaba en la Casa Rosada.

Hacia cuatro años había sido la primera, con motivo del recital que brindó Charly Garcia. En ese momento me chocó mucho la cantidad de militares uniformados de fajina que estaban en el lugar, serios, como si fueran a reprimir cada canción que se toque. Esa vez miré el almanaque para comprobar que el 76 estaba lejos. Ahora, año 2005/2009, el 76 seguía lejos, pero los militares, de verde y armados, seguían adentro. No seria la única sorpresa.

Ni bien pase el detector de metales me di cuenta que estaba en la Galería de los Bustos. No tarde en buscar el centro del salón para observar todo, pero la mano de mi amigo me agarro de la remera “¡¿Dónde vas?! Si te ven te rajan”. “Pasa por acá”. Entramos a un pasillo, siguiendo una alfombra roja. El lugar era inmenso. “Estas en un lugar prohibisimo”. A lo largo de ese pasillo había puertas enormes, con decoraciones envidiables. Se leían carteles como “Privada del Vocero”, “Secretaria General”, “Vocero oficial”. Llegamos al final del pasillo y doblamos a la derecha. “Vamos a ir por el ascensor de servicio, el antiguo ascensor presidencial. En este subía Irigoyen”. No mentía. El aparato era un lujo del siglo pasado. Una caja de madera, estrecha donde apenas cabíamos dos personas, pero que estaba conservado como si fuera su primer año. El único detalle moderno eran los botones y la voz que anunciaba los pisos. Llegamos al tercero.

Al bajar del ascensor tuve la impresión de estar detrás de las bambalinas de un teatro. Paredes despintados, cubículos sin terminar, piso de cemento; todo contrasrtaba con el lujo anterior. Eran las distintas dependencias. Caminamos por un pasillo, doblamos varias veces y aparecimos en el famoso patio central. Mire las palmeras y la fuente, deteniéndome para apreciarlas, como no lo había podido hacer la primera vez. Observe una cola de gente. Entré al despacho de mi amigo y dejé la mochila. “Vamos a comer”. Creí que con esa frase terminaba mi recorrido, pero no fue así. Caminamos hacia la cola de gente y esperamos. Esperamos en una puerta donde había varios carteles. “Menú Diario $3,5”. Entramos y me pidió que me siente, porque el lugar se llenaba y si no había qué esperar, el iba a comprar. Me trajo los vales y tal como anunció, nos quedamos sin lugar en la misma mesa. Estuvimos separados. Eso me daría cierto tiempo para observar el lugar con detenimiento. Era una sala bastante angosta, que se doblaba como una ele. Las paredes eran todas de madera y las mesas estaban muy juntas. Era, visiblemente, una sala que no tenía otro uso y que la destinaron a comedor. Estaba todo mal distribuido y no alcanzaba para todos. La gente se quedaba parada. Y con gente me refiero a los laburantes. Estaban ahí varios secretarios, los encargados de seguridad, civiles, los obreros que hacían las refacciones, algunos militares, los granaderos y los de mantenimiento. Todos los no-importantes de país, en el lugar donde se deciden sus destinos. Me senté en una mesa con tres muchachos con edades entre los 20 hasta los 35. Eran albañiles y pintores. Lo intuí por el contraste con el resto –de traje en su mayoría- y ellos –con remeras de fútbol, manchadas- y por la charla –comentaban acerca de los lugares que faltaban pintar y otro tanto que revocar-. De fondo se veia Crónica y su habitual amarillismo.

El sistema era simple el mozo pasaba y se llevaba el vale correspondiente (Gaseosa, Primer Plato, Segundo Plato, Postre). La gaseosa consistía en una imitación de Lima Limón bastante aguada. El primer plato medio huevo duro, radicheta y zanahoria rayada, en raciones francamente ahorrativas. El segundo plato era un pedazo de pollo y arroz con tuco. Esta porción, bastante abundante, y muy apetecible, en el fondo tenía algo pobre. Le faltaba el amor de una madre. Comprendí entonces que no eran cocinados por Cristina en persona. El postre fue lo mas pauperrimo. Consistía en una ensalada de fruta con tres pedazos de manzana, dos uvas y una cereza. Sin almíbar. Creí que era un chiste y que habría algo mas. Los obreros se levantaron y saludaron, encaminados para su deber. Yo miraba el plato. Un bonito diseño que decía “Casa Rosada-Argentina” y tenia estampado el dibujo de dicha casa. Me habría gustado tener uno. Y un poco mas de esmero en esa comida. No se puede pedir mucho por $3,5 pero si un poco mas de amor ¿no?.

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lunes, 16 de febrero de 2009

Los mitos de la actualidad argentina I: El Cabildo

Hace poco, aprovechando los últimos días de vacaciones, fui a hacer unos trámites a Capital. Como me sobró un poco de tiempo disfrute de un pequeño hobby: ser turista en mi ciudad. Dejar de ver por un rato esos lugares cotidianos, rutinarios y fingirme asombrado de cada edificio, cada escultura. Nunca creí que me iba asombrar tanto. De esas pequeñas recorridas haré estas breves crónicas, que prematuramente podemos llamar “crónicas del desencanto”.

Caminando por Bolívar, me encontré con el glorioso Cabildo de 1810. Tenía ganas que saber que se siente estar en una revolución y tal vez pisar el escenario de una mueva alguna sensación. El “Museo de la Revolución de Mayo”. Recorrí primero el patio, mirando la feria artesanal. Me acerque a la puerta y pague generosamente el peso exigido. Entré al salón situado a la izquierda donde se exponía la iluminación a través del tiempo. El lugar no era muy grande y tal vez por eso los objetos en exposición no eran muchos. Algún candelabro réplica de los antiguos, una araña de una mansión, muchos tipos de velas y la historia de los serenos. En la sala contigua estaba el calabozo. Había dos muñecos vestidos de paisanos y el cepo original de la cárcel del cabildo. El catre era réplica. Entré y salí bastante rápido. Empecé a sentir un poco de vacío en ese lugar.

Caminé hasta el primer piso, no sin antes tratar de abrir una puerta que estaba en el comienzo de las escaleras. Fue inútil, estaba cerrada al público. En el balcón trasero, había expuestas pedazos de puertas rescatadas de la construccion original (esa que tenia como cinco arcos de cada lado). En el salón interior colgaban cuadros que recordaban la epopeya de las invasiones inglesas y entre ellos firme, erguido y orgulloso la del Virrey Liniers. Acá me confundí un poco. No entendía bien como el Museo de la Revolución le hacia culto a un hombre que fue fusilado por liderar un movimiento contrarrevolucionario y transar con los ingleses luego de las invasiones. La sorpresa fue, que el único retrato era el de él. Después, escenas de la vida lugareña, el famoso cuadro de Fouqueray y las batallas. Pero en esa sala el único prócer fue Liniers. Seguí mirando sin prestarle mucha atención al detalle. Busque una salida al balcón pero fue inútil. No estaba abierto al público. En el centro de la sala se exhibía un sombrero de Patricios. Réplica por supuesto. También monedas de época, réplicas también. Había originales, eso si, estandartes capturados a los ingleses y unos baúles españoles que databan del siglo XVI, aunque no estoy muy seguro de la relación con la gesta Patria.

Una vez que miré toda la sala, expectante enfilé al salón capitular donde se había declarado el gobierno criollo y según tenia entendido era la única que se mantenía original. Entré y de frente estaban los cuadros de todos los patriotas de la época. O de casi todos. Faltaba uno. ¿Era Belgrano? Si, era Belgrano. El lugar designado decía “En reparación”. Podía faltar cualquiera, pero él… Desde arriba, sobresalía por su tamaño y su mirada Saavedra, que vigilaba el salón. Logró ponerme incomodo. Juraría que Moreno me guiño un ojo, para que no me inhiba, pero fue inútil.

Miré la mesa con el crucifijo y las tres sillas. Imagine a Moreno sentado el sillón de la derecha, altivo, escuchando los violentos debates. Extendí la mano para tocar los muebles. Me acerque al encargado. “¿Son originales?”. “No -me dijo con poco humor- son réplicas. Acá todo es réplica”. Busque de nuevo una referencia a Belgrano, pero no había. Me fui del salón corriendo al último balcón que quedaba por recorrer. Trate de abrir dos puertas más. No estaban abiertas al público. Me acerque a otro trozo de puerta colgado en la pared, supuestamente original y moví un cerrojo: despacito empecé a sentir que las maderas crujían y ante la miradas de una pareja sueca, la puerta se me vino encima. Trate de serenarme y reconstruir esa reliquia (¿reliquia?) tal como estaba. Huí despavorido. No quise volver a ver ningún salón.
Para mi había sido una estafa. Me habían robado un peso y varias ilusiones.
Tenia un sabor amargo y muchas, muchas dudas, acerca de porque en el museo lo único original eran los elementos de tortura y los estandartes ingleses.