lunes, 11 de septiembre de 2017

Un Gran Maestro Latinoamericano

Hace unos meses estuve de pasada por São Paulo, una ciudad que ciertamente no era de mi agrado. Pero estando de vacaciones no quise desaprovechar la posibilidad de recorrer la urbe mas grande de Sudamérica y armé una pequeña lista de atractivos -y no tanto- para recorrer. Pese a todo, el clima y mi natural desorden atentaron contra el cuidado itinerario que había planificado. Sin embargo, antes de irme, sabía que había dos personas a las cuales no podía dejar de visitar: Ayrton Senna y Paulo Freire. Uno descansaba en el Cementerio de Morumbí. El otro en el Cementerio Da Paz, según pude averiguar en internet. Cabe aclarar que visitar cementerios siempre está a la orden del día en mis vacaciones. La necrofilia siempre está al alcance de la mano.

El día estaba muy feo. Por la tarde salía el avión de vuelta a Buenos Aires así que tenía que aprovechar la mañana para recorrer y solo había tiempo para conocer uno de los dos cementerios. Luego de varios minutos de cavilaciones decidí ir a visitar al gran maestro Latinoamericano. Tomé dos colectivos que me sirvieron para conocer algo más de São Paulo -una zona que no era tan fea como el centro- y así llegar al Cementerio Da Paz. Apenas crucé la puerta un empleado se me acercó compungido, me preguntó algo en portugués -ese portugués cerrado e inentendible que hablan los paulista- y me invitó a pasar a un velorio, convite que rechacé con precarias pero amables palabras. Me acerqué a las oficinas de informe y pregunte cual era el sitio donde estaba Paulo Freire. Nadie entendió. Nadie lo había escuchado nombrar. Limitado en el idioma solo repetí lento y pausado el nombre buscado. Se preguntaron entre ellos y nadie tuvo la respuesta. Me generó algo de indignación. No podía entender como el maestro más influyente de Latinoamérica fuera desconocido en el lugar de su descanso y más aún, no entendía como tan poca gente fuese a visitarlo. Luego de unos segundos la computadora devolvió el registro. Era la Parcela 13. Cordialmente me explicaron como llegar al lugar y en los mismos términos agradecí pese a que no entendí nada de lo que me dijeron. Confiaba en mi instinto para encontrar la tumba puesto que no podía confiar en nadie mas: Es bien sabido que quienes moran los cementerios no son afectos a conversar con los visitantes.
Luego de subir algunas colinitas llegué a la parcela señalada. Una de tantas. Sin una homenaje, sin un humilde mausoleo. Se me estrujó el corazón: La indiferencia latinoamericana hacia sus próceres se hacía patente. La tormenta de los días anteriores había llenado de hojas la lápida y los pastos apenas dejaban leer el nombre. Tan solo unas plaquitas indicaban el sitio:

“FAMILIA PAULO FREIRE”
“PAULO FREIRE 13-12-1890 + 26-1-1969”
“ROSA ROSETTI FREIRE 30-1-1896 + 22-9-1980”
“ODILON FREIRE SOBRINHO 05-09-1920 + 13-12-1993”

Luego de unos segundos de respetuoso silencio, me incliné y comencé a limpiar la lápida, corté los pastos de alrededor y antes de irme, pese a que el tiempo apremiaba –tanto por la lluvia que amenazaba como por el horario de salida para el Aeropuerto- volví sobre mis pasos, salí del cementerio y compré una flor en un negocio cercano. En un sencillo homenaje dejé la flor y me retiré en respestuoso silencio.

Volví pensando como había caído en el olvido de sus compatriotas un hombre que había tenido tanta influencia en los educadores sudamericanos. Admiré mucho más a ese hombre cuando me percaté que su lápida decía que había fallecido en 1969, y pese a eso, había tenido tanta influencia en la generación de docentes del 70 y el 80 que hablaban de él como su “profesor” pese a que habían nacido luego de su fallecimiento. Finalmente me sorprendió tan poca información sobre su mujer, Rosa. En ese momento, a pocas cuadras del Cementerio, me frené en medio de la calle y a pesar de que lloviznaba saqué el celular para conocer algo mas sobre su compañera de vida que, según tenía entendido, también era pedagoga. Asi fue que descubrí que la esposa de Paulo Freire, no era Rosa Rosetti, si no Ana María Araújo y que él no había fallecido en 1969, si no en 1997. Lo último que descubrí es que había perdido toda la mañana de mi último día en Brasil visitando la tumba –flor incluida- de un homónimo desconocido.


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